Besos Traviesos

17 Dic

The Vampire Diaries ©L.J. Smith

DELENA
Bien hecho, Tyler —murmuró una voz masculina—, ya tenemos una botella vacía.

Todos se giraron.

Elena y Caroline quienes habían tomado el control del karaoke, Vicky, riéndose de la desafinación de las recién nombradas y Bonnie, quien se sentía extremadamente mareada por ayudar a Tyler con el vodka.

¡Vengan, chicas! —les llamó Estefan, mientras se acercaban cuchicheando cosas a lo bajo para luego sentarse en el suelo formando una ronda.

Todos se miraron con complicidad, en especial dos, quienes deseaban ser afortunados y que la botella los eligiera.

Cuatro mujeres y dos hombres… ¡Hoy sí que los chicos se divertirían!

Muy bien, ahí vamos —dijo Estefan vigorosamente y tanto a Elena como a Vicky se les heló la sangre. El muchacho tomó la botella entre sus manos pero antes de hacerla rodar, la voz achispada y dipsómana de Bonnie se alzó al aire.

¡Esperen! —Exclamó la morena apoyando la cabeza sobre su mano— ¿Dónde meteremos a los afortunados? —lanzó, traviesa, una importante pregunta. Las miradas viraron hacia la dueña de casa, Elena, quien pensó de inmediato en el pequeño pero sin uso guardarropas de su madre.

¿El viejo armario? — preguntó encogiéndose de hombros y todos asintieron, bueno, todos a excepción de Bonnie. La pequeña fiestera yacía tirada en el suelo, dormida y obviamente fuera del juego.

Todos se carcajearon y pronto el castaño hizo girar la botella. Las miradas fijas y perdidas en ella, deseosas de saber a quién escogería. Más aún, Estefan contempló por el rabillo del ojo a Elena, y cuando observó como la sonrisa de ésta se extendía ansiosa y sorprendida, él sonrío.

Elena había sido la afortunada, pero aún quedaba por averiguar quién sería su acompañante.

Y suavemente, el que inició el juego, giró la botella.

«Es el momento» pensaron sin saberlo, al unísono, Estefan y Elena.

Lentamente la velocidad de la botella descendía, era un hecho, el guapo Salvatore sería elegido. Pero…

Perdón, ¿Interrumpo?

Y fue extraño, sorprendente y chocante, pero por la puerta principal apareció de la nada Damon.

Damon, el mayor de los Salvatore.

Un silencio agudo inundó la sala al percatarse de que la botella apuntaba hacia él. La sonrisa de Estefan desapareció mientras que la del morocho se ensanchaba cada segundo.

And the winner is? —comentó con los ojos brillantes, jocoso por lo mucho que la situación le divertía.

Y sólo le bastó mirar el semblante incómodo y fastidiado de Elena para saber que ella era la ganadora.

#

Un segundo después, Elena se encontraba junto a él, dentro del guardarropa, en un reducido espacio. Todo le parecía una mala idea, una estúpida y absurda idea. Se apartó un poco de su cercanía, incómoda por encontrarse sola y algo aburrida dentro del armario; apenas podía oír el murmullo de sus amigos, que se colaban por la rejilla de la puerta y una tenue y delgada línea de luz alumbraba aquella atmósfera tensa y hosca.

Se supone que aquí tendría que haber acción ¿o no? —preguntó con una terrible expresión de seguridad. Elena sólo le lanzó una mirada fugaz y apretó los puños al sentir un extraño cosquilleo por todas partes. Tal vez fuesen termitas, aquel lugar estaba en desuso, sí, eso debería ser y Elena intentó convencerse de ello.

Damon no apartó la vista de ella, siempre se divertía molestando a la «no sabemos que somos» de su hermano, pero esta vez era diferente, algo cambió cuando sus ojos verdes se pegaron sobre el cabello largo y castaño de la muchacha, percibiendo como un fino rayo de luz se tentaba a acariciar aquellos hilos cobrizos, serenando su imagen.

Él mostró una sonrisa torcida. Esa chica le gustaba.

Cruzándose de brazos, se hipnotizó ante su figura perfecta, recordando algunos momentos fortuitos en los cuales pudo advertir como el sol jugaba con su largo cabello, sintiéndose libre, exponiendo innumerables y diversos tonos dorados, embelleciendo su rostro de miel y sus ojos centellantes, que brillan como dos estrellas… y pensó: «bajaría las estrellas para ti».

Fue una idea fugaz, momentánea, pero latente. Viró su indómito rostro para despejar tan absurdas ideas pero como si estuviese hechizado por algún extraño encantamiento volvió a mirarla, a fulminarla dulcemente.

Todo parecía cruelmente planeado, los dos solos allí, ella apenas iluminada y él, en el abrigo de las sombras esperando, como un lobo feroz o algún animal salvaje, listo para atacarla, poseído por alguna sensación mundana, sintiéndose preso, él, su cuerpo y su corazón.

La carcelera…ella.

Tal vez la presión de tan febril mirada alertó a Elena, quien elevó la mirada descubriendo como la miraba aquel hombre con tanta fascinación, con tanto deseo. Anonadado y cautivado por su belleza.

Eres increíblemente bella, Elena —aquellas palabras se escaparon en un sonido increíblemente áspero, fluyendo de su ser, despertando de su letargo.

Se le secó la boca, y más cuando se cruzaron sus miradas descubriendo el baile cómplice que provocaban en el otro.

Elena no quiso pensar en ello, porque era simple, porque ella deseaba a otra persona y esa persona la deseaba a ella. Pero Damon era tan… y él la miraba así, así como si fuese a…

Y volvió a sentir en la piel ese cosquilleo, siendo consciente de lo que le provocaba aquel hombre, porque el Salvatore mayor era eso, un hombre con todas letras, y no sólo lo sabía por los comentarios de sus compañeras de curso, quienes aseguraban una experiencia inolvidable,sino también por sus rasgos varoniles, su oscuro cabello despeinado, su curvilínea y simétrica facción, unos penetrantes y desveladores ojos verdes y esa voz, ¡Oh si! Esa voz, como una estela tersa y transparente, que podía sentir posarse sobre su pecho, acelerando el circular de su sangre, como si disfrutase de esa tortura…

Elena sonrío, inconsciente de lo que provocaba en él.

Y fueron incapaz de seguir esperando, él avanzó apenas un paso, lo necesario para tenerla sin el mínimo margen de distancia. Elena cerró los ojos aguardando impaciente el tacto de aquel semidiós griego. Pero se hizo esperar, porque Damon arremetió a besar el pequeño lunar que tenía ella en su nuca. Depositó suaves y húmedos besos sobre él, sobre aquel lunar que tanto adoraba mientras trastabillaban hasta detenerse contra la pared.

Elena se sintió morir, jamás pensó que aquel lugar fuese su punto débil, nunca se imaginó que Damon sabría de su existencia, de ese lunar que muy pocos conocían, ahora sumándose a su pequeña lista, él.

Deslizó sus labios lentamente por todo el contorno del cuello femenino hasta unirse a los de Elena, quienes lo esperaban gustosos y decididos. Sí, resueltos a disfrutarlos y corresponderles, poderosos, posesivos e invasores.

Ascendió suavemente su mano hasta posarla sobre la nuca de Elena, inclinándose apenas para profundizar el beso.

¿Podría ser más profundo y perfecto?

Sí. Era como un huracán, un ciclón…enérgico y demandante.

Ahh —dejó escapar un gemido sutil, un pequeño jadeo que convulsionó la sangre de Damon provocando que la abrazara con fuerza haciéndole sentir su urgencia, su virilidad excitada y su agitado respirar.

Elena se derretía contra el cuerpo de Damon, amoldándose perfectamente, entrecruzando sus brazos alrededor de su cuello, como alas de cisne.

¡Cuánta pasión! Él la besaba una y otra vez, sin darle tiempo a respirar, sentía un hambre devorador y sólo ella podría saciar.

Era fuego, fuego que quemaba por dentro, fuego que quería ser liberado, extendiéndose por cada una de sus extremidades.

Elena entreabrió los ojos, al mismo tiempo que él y pudo verlos, negros y oscuros, cegados por el placer. Ella sabía muy bien que todo podría pasar, estaba entregada, ni siquiera sentía sus pies, dudaba del hecho de poderse parar sino fuese por las manos firmes de él que la sostenían por las caderas.

Él sonrío nuevamente, así, como a ella le gustaba, con esa maldita sonrisa torcida, implacable y despiadada.

Elena tenía una muy buena definición de él, quizá nunca se había dado cuenta de lo mucho que le fascinaban esos ojos tentadores y como la seducían esos labios traviesos cada vez que le hablaban, tal vez nunca se había detenido a pensar en lo que le producía Damon cuando por accidente la rozaba…

Te besaría una y… —comenzó a susurrarle, chocando su aliento con el suyo, sin embargo unos pasos alertó a Elena, quien se separó del contacto de Damon como si quemase.

Rápidamente y sin previo aviso se abrió la puerta de madera que los había mantenido encerrados.

Elena, ya nos vamos —exclamó Bonnie, con la mirada cansada.

Le agradecieron al cielo que la morena no se encontrara en estado como para reconocer lo que estaba pasando, para no percibir los labios enrojecidos de Elena y el cabello despeinado de Damon.

Sí, en seguida bajo.

Se acomodó un poco la falda que estaba levemente fuera de su lugar, aún de espaldas, no quería voltear.

Pero sabía que detrás de ella había unos ojos de esmeralda, unos ojos que calaban profundamente y sabían descifrar cualquier pensamiento, idea o sentimiento oculto.

Escucha, Damon —susurró por lo bajo—; lo de hoy debe quedar como un secreto —mencionó con un dejo en su voz bastante sugerente, con toques de nerviosismo.

Pudo escuchar y sentir sus pasos acercándose a ella y tembló instantáneamente cuando Damon acarició con su pulgar ese pequeño lunar.

Damon, por favor —soltó en un delicado suspiro, cerrando con presión sus grandes ojos—. No lo hagas más difícil, prométeme que no volverá a pasar —suplicó anhelante que dejara de hacerlo pero deseosa de que continuara en ello.

Te besaría una y mil veces, en el cielo o en el infierno —le juró nuevamente, con esa mirada incondicional y sensual.

E inevitablemente, Elena posó sus largas y suaves manos -como alas de ángel- sobre el pecho del muchacho; fue un impulso, el querer tocarlo nuevamente, el querer acariciarlo, el desear besarlo con desesperación.

Comenzó a híperventilar y Damon se dio cuenta de ello, sintió el elixir embriagador que destilaba su hechicera, que lo invitaba a hacer algo, ¿pero qué?.

No lo pensó, nunca lo ha hecho, nunca lo haría, sólo actuaba por impulso y repite lo que su necesitado cuerpo le reclama, un beso más.

Inclinándose sobre ella captura sus labios, delinea con su lengua la de ella y fricciona sus manos en cada curva de Elena, como si quisiese reconocerla eternamente, guardando aquella imagen en su memoria, quizá sabiendo que no se repetiría, pues bien él sabía que ella es la chica de su hermano.

Basta —vocifera agotada, carente de oxigeno.

Lo siento, me dejé llevar —responde él instantáneamente pero sin arrepentirse de nada.

Promételo —le exige—, promete que no volverá a pasar —añade aminorando el sonido de sus palabras.

De acuerdo, nunca más volverá a pasar —garantiza retomando su semblante serio.

Ambos se miraron por última vez, y Elena decide alejarse lo antes posible. Más aun, antes que bajase las escalera, se gira sobre sus pasos y observa que Damon se encuentra de espaldas, con la frente pegada a la pared.

Se sorprende de súbito, pero no por ello.

Una delicada y sutil sonrisa se delinea en su rostro al bajar por las escalinatas, comprendiendo que toda aquella promesa no era más que una simple farsa al notar que tanto Damon como ella tenían los dedos cruzados.

Hay promesas que simplemente no se quieren cumplir.

———————————

NOTA: Gracias por tu lectura 😀

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