Agridulce

10 Mar

.

Como fuego liquido, su sangre hervía apasionada, sus manos fugaces viajaban a lo largo del delicado cuerpo femenino delineando con vehemencia aquellos rincones tan conocidos por él.

Evan se dejó llevar por aquellos ojos de chocolate, tentado a llenarse de ella, a saciar su sed devoradora, a endulzarse el alma con el néctar perturbador de sus labios cerezas y de su piel salada con pequeños toques de canela.

Se inclinó sobre Briella, pegando su torso desnudo al de ella, sus manos sudadas aprisionaron las muñecas de la muchacha, dejándola atrapada entre las blancas y etéreas sabanas de seda y su amplio y bien formado pecho.

Déjame amarte, Briella —le susurró al oído con su aliento tibio y profundo. Clavó sus orbes ambarinas en la mirada de satisfacción de ella, comiéndose las ganas de retenerla allí bajo él para siempre y no dejarla ir.

No me mires así que podrías enamorarte —advirtió ella, en un profundo suspiro, sintiendo a lo largo de su cuerpo un inquietante escalofrío.

En sus labios se dibujó una sonrisa socarrona, aquella maldita tentación de perderse en ella, de probarlos eternamente.

Entonces, que así sea…—se apresuró a sentenciar hechizado por la belleza de su sirena. Adhirió sus labios a los de ella con desmesura sintiéndose como un abrazo firme e impetuoso. Aun fascinado por su sabor, osó por despegar su boca y trazar con su lengua los labios de la muchacha manteniéndola al borde del delirio. Ambos cuerpos en sincronía, moviéndose a un ritmo desbocado, acariciando con delicadeza el límite entre la pasión y el amor, jugando al encuentro eterno.

Él la embistió con rudeza y Briella arqueó la espalda profundamente estimulada por aquella dulce tortura. Suaves gemidos se alzaron al aire y junto a ellos se mezclaron los gritos guturales de Evan con una potencia estrepitosa.

La respiración agitada y los cuerpos empapados sobre la cama como resultado de tal entrega, una vez más, otra noche más. Briella se quedó acostada junto a él al borde del sueño.

Un ratito más, por favor —le susurró al oído con la voz adormilada.

Él suspiró con cansancio y su mirada fija en la nada, quizá perdido en pensamientos morbosos o tal vez abstraído en algún recuerdo fortuito.

Es imposible, lo sabes ¿verdad? —soltó, con esa melodiosa voz aterciopelada pero tosca y ruda a la vez.

Sin embargo, ella sólo se arrimó más a Evan, pegando su pequeña y delicada cintura de doncella al firme y tenaz torso del muchacho.

De memoria —Briella susurró contra su amplio pecho—. Pero pensé que quizá podrías romper las reglas una vez —añadió delineando con sus largos y finos dedos la curvilínea y varonil facción de su amante.

Él apretó la mandíbula y se quedó callado.

Ahí iba una vez más lo mismo de siempre y aunque le dolía, así debía ser.

¿Tengo que mencionarte nuestro pacto nuevamente? —se quejó, poniendo en prueba toda su fuerza de voluntad—. Sabes perfectamente que no quiero herirte, debemos dejarlo así…— se detuvo. Su monologo, su cuerpo, todo.

Briella había comenzado a sollozar, su cuerpo se agitaba al compás de su llanto y sus bellos ojos chocolates ya no mostraban la alegría y el fuego ardiente cada vez que él la tocaba, en cada momento en que él le hacía sentir que era suya.

Se incorporó dinámico al lado de ella tomándola entre sus brazos, acurrucando su pequeño cuerpo al recio de él.

Sabes que te amo mi niña, eres lo único bueno y puro en mi vida, eres… —intentó sobreponerse, no dejarse llevar por sus nobles sentimientos pero había un pequeño detalle entre ellos que lo hacía retornar a su naturaleza solemne…su esposa.

Lo-lo sé —dijo con la voz entrecortada— .Yo misma lo decidí así, yo misma acepté tenerte aunque sea en mi cama, aunque… — suspiró y lo miró con una sonrisa melancólica —. Al igual que sé que esto es una tontería para ti.

¿Qué dices? ¿Tontería? —Pronunció exasperado—. Lo que siento por ti no es ninguna tontería, Briella —afirmó tomándola del rostro con ternura —. En el momento en que decidí cruzar la puerta de tu habitación y aventurarme a conocer los misterios de tu piel, en ese momento, Briella —fijó sus ojos en los calidos de ella —, en ese momento decidí amarte en todos los sentidos posibles —agregó con un brillo extraño y ardiente en su mirada.

La muchacha le tomo las manos, aun sobre su rostro y cerró los ojos sintiéndose miserable. ¿Por qué tenía que volver a ello? Escuchó el sonido de las gotas de lluvia chocando contra la ventana, intentando traspasarla y adentrarse a la habitación. Esbozó una sonrisa taciturna al sentirse reflejada en tan inocente ejemplo, viéndose obstinada al querer algo que en cierto modo es de su propiedad, aunque sea en las sombras.

Olvídalo, ¿sí? —Pidió posando sus dedos sobre los labios de Evan—. No tiene sentido que te abrumes — respondió con otra sonrisa fingida.

Tal vez con el tiempo había aprendido a mentir, incluso a su gran amor quien sonrió sosegado. Mejor así.

Intentaré hacer todo lo posible por regresar temprano de la reunión, y, escabullirme del trabajo para verte —comentó mientras se vestía a un lado de la cama.

Él era imponente, su cuerpo destilaba hombría por donde se lo viese y su porte de caballero la había enamorado en cuanto sus ojos se posaron en él, en el gran Evan, el magnate de las empresas Taisho Inc bajando por las escalinatas doradas, aun podía recordarlo y sentirlo.

Sus rodillas debilitándose, perdiendo la fuerza, y, sus manos sudarle aferrándose a la nada, al espacio vacío entre sus cuerpos, deseando que la mirara y que viniese hacia ella con ese paso tan pronunciado en él, con la galantería de todo un hombre y la mirada de halcón fulminando la última señal de cordura que quedara en ella y, si suerte tenía, que le pidiera matrimonio.

¡Qué estúpida! No lo vio venir, no percibió a la muchacha prendida del brazo de él, con esa sonrisa tan natural y perfecta…

Debo irme, amor —Evan anunció su partida besándole la frente y descendiendo para robar uno fugaz de sus labios rojos.

Avanzó hacia la puerta y Briella inevitablemente podía sentir los latidos de su corazón dolido y traidor con cada paso de él.

Evan —le llamó antes de que traspasara el límite entre su pequeño mundo secreto y el real—, inventa algo y mándale saludos a mi hermana.

Él asintió percibiendo el mismo dolor que Briella, sintiendo la misma culpa que ella, de amarse infinitas veces así, en la oscuridad.

Mirara por donde mirara, no podía evitarlo; él jamás seria de ella, tenían momentos dulces en los que se amaban incondicionalmente pero siempre venia la despedida: incierta y dolorosa.

Lo suyo con él se lo podría llamar mágico y pasional pero más aun no deja de ser una relación agridulce.

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NOTA:  Relaciones complicadas, si las hay. No estoy a favor de la infidelidad; pero qué hacer cuando el deseo sobrepasa la moral. Y cómo seguir cuando nos parece insuficiente lo poco que nos toca…

¡Gracias por leer! (:

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